25.12.15

Instante

Es sábado y está oscuro. Tú duermes. La cortina es traslúcida y veo la luz de la propiedad más cercana y del pueblo a pocos kilómetros de distancia. Me prestaste tu Walkman. Con los auriculares puestos escucho la programación nocturna y veo la frecuencia de la estación de radio en medio de un azul fosforescente. Qué tranquilidad. La música y tu casa me abrigan del frío.

24.2.11

Buenos días


- Cariño, faltan 10 minutos.

-¿Y por qué no suena la alarma?

-No sé.

-Pues qué bueno que estás aquí, ¿no?

-Eso digo yo. :)

23.2.11

Colour Saturation


En el azul más oscuro del atardecer, encuentro tu mirada.

7.2.11

Aleta

Hace ya varios ayeres, en una de tantas playas mágicas que hay en México (una de mis favoritas, de hecho), mis amigos y yo tratábamos de llegar al punto más importante del lugar; la "Punta Cometa" (una formación de arrecife en donde puedes disfrutar de una vista de 300 grados de mar). En el camino, había que pasar por la entrada de una playa "escondida", que por lo menos en esos años era virgen y cuando pudimos ver el mar de aquel lado, en el agua vimos asomarse lo que parecía ser la aleta de un tiburón. Rápidamente corrimos hacia donde rompían las olas y al llegar ahí, nos dimos cuenta que en el arrecife estaba un pescador tirando su anzuelo. Estábamos tan emocionados, que empezamos a gritarle.

Le preguntamos:

-¡¿QUÉ ES ESO?!

y él con la mayor despreocupación del mundo nos respondió con otra pregunta:

-¿Qué?

- ¡LA ALETAAAA!

Empezó a buscar en el agua con la vista y dijo una vez más de la manera más tranquila:

- ¡Ah!, es una raya.

Vaya tamaño de raya, ERA ENORME. No se me va a olvidar nunca.

30.9.08

Salvador


En algún momento de la primera década del siglo 20, una joven mujer en un estado avanzado de embarazo, decidió dejar España y cruzar el océano Atlántico en un barco. Tal vez pensó que aunque sería un viaje largo, podría ver nacer a su bebé en el nuevo Mundo, o tal vez, simplemente huía de algo o de alguien.

En algún punto de su viaje, una terrible tempestad empezó a castigar el navío y después de varios días en los que la tripulación pensó que todo terminaría por hundirse, el entorno extremadamente agresivo provocó que ella, irónicamente, tuviera que morir al mismo tiempo que daba a luz a un bebé varón a bordo del barco.

Desde el momento en el que lloró por primera vez llegando a este mundo, la furia de la tormenta amainó, y los monjes que lo recibieron vieron eso como una señal. Decidieron llamarlo Salvador.

Mientras crecía, huérfano y entre miembros de una orden religiosa establecida en el continente americano, comenzó a hacer preguntas acerca de su pasado. Sólo pudieron decirle la manera en la que nació, que su madre cantaba muy bonito y que se llamaba Juana Gallardo.
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Más adelante se volvería músico, sobreviviría a la Revolución mexicana tocando el trombón en una banda de guerra y al final de los años 30 organizaría un coro de niños refugiados y huérfanos como él, que habían perdido a sus padres durante la guerra civil española.

Salvador Gallardo González (segundo apellido que tomaría prestado de su esposa) fue mi bisabuelo.

24.9.08

Llave parisina


Al vernos frente a las dos salidas de la estación de metro Château de Vincennes, nos envolvió la duda. Sabíamos que era la estación más cercana al hotel que buscábamos, queríamos ir en la dirección correcta pero no sabíamos cómo. Amed (que normalmente se escribiría Ahmed), en un arranque, empezó a recitar en voz alta y pausadamente "De tin marín de do pingüe" (paralelo del "Eeny, meeny, miney, moe" norteamericano) para escoger al azar el camino a seguir, mientras que Eduardo (Lalo para los amigos y gente de confianza), parecía tener un mapa escrito en chino entre sus manos. De la nada, una chica evidentemente francesa, nos ofreció su ayuda hablando en un perfecto español latinoamericano. ¡Jajaja!, Amed y Lalo se quedaron congelados y yo le respondí que buscábamos un hotel. Directamente nos pidió que la dejaráramos ver el mapa y mientras ubicaba cómo llegar al lugar, quiso saber de dónde éramos.

-De México -dijimos todos al mismo tiempo.

-Qué bonito -respondió ella entre un suspiro.

8.9.08

El que le dice sí a un instante...


A veces la combinación de factores es insuperable, como si alguien en el editor de vidas llamara al template de "Momento Favorecedor para el personaje principal de la historia".

Había logrado ver la estatua del "Flaco de Oro" en Granada, España aún a pesar de que la oficina de información turística estaba cerrada ese día. Todo el recorrido había sido caminando y para cuando regresé al Albayzín estaba contento, cansado, muy cansado pero contento. Hice una parada en una casa de tés marroquí para relajarme un poco ante el duro camino de subida que me esperaba hasta el hostal. En la mesa de al lado un tipo le fanfarroneaba a otro pendejadas intrascendentes. Frente a las mesas había escalones de piedra en donde un grupo de vagos locales bebía despreocupadamente mientras el Sol terminaba de caer. Un malabarista callejero acosaba a los transeúntes para que le dieran unas monedas, me pedí una infusión "Alhambra" y me perdí en el espectáculo de las diferentes reacciones de la gente ante el asedio.

No la vi llegar, cuando me di cuenta de su presencia ella estaba ocupando la mesa de los insufribles que había decidido borrar, ¡ja!, ¿acaso tenía yo el control del editor de vidas?

Ella era bellísima. No había terminado de acariciar visualmente su figura cuando empezó a sacar de su bolsa una cartera ENORME y un moderno teléfono celular; acciones que por supuesto no fueron ignoradas por los lobos que descansaban en los escalones de piedra. Devolvió las dos cosas a la bolsa, la puso sobre una silla, se levantó y empezó a caminar lentamente hacia el interior de la casa de tés para comprar un paquete de cigarrillos, no sin antes darse la vuelta para poner sus ojos azules en los míos. Ahí sostuvimos nuestro primer diálogo y fue mudo; a base de gestos le dije que no dejara la bolsa así, ella, sin decir una sola palabra me preguntó si se la cuidaba y yo asentí.

Me cambié de lado y silla en la mesa que ocupaba para poder agarrar la bolsa e intercambiar una sonrisa agresiva con los observadores en las escaleras. Cuando ella regresó le dije en inglés que nunca hiciera eso, ella me contestó que al haber aguantado su mirada sabía que yo no se la iba a robar. Cinco minutos después estábamos sentados a la misma mesa y hablando en Español. Era alemana y había hecho labor social en Centroamérica, platicamos unos 50 minutos más sobre nuestras vidas, sobre el estar vacacionando ahí en ese momento y antes de levantarnos para seguir cada uno su camino, nuestro lenguaje corporal era totalmente cercano. Ella estaba muy cansada y yo me iba de ahí temprano al otro día.

Quedamos de vernos en Alemania en Otoño, cerca de Frankfurt, me dijo que me iba a gustar. Aún no llega el Otoño.